Historias de Violencia en las Noticias.

La Triste Historia de una Mujer Golpeada

Repdom_francisca
Francisca

“Ya no se preocupe, porque gracias a Dios, el ya se murió”, así inicia nuestra conversación con Francisca, al preguntarle si deseaba protección de su imagen.

Esta mujer de 46 años, que vive cada día con el propósito de encontrar el alimento para ella y sus hijos, siente que su situación ha mejorado con la desaparición física del “papá de mis hijos”, como se refiere siempre al que fue su compañero y verdugo durante 23 años.

Francisca fue una más de las mujeres  víctimas diariamente de la violencia doméstica de manos de su compañero: “Yo tuve muchos problemas con el papá de mis hijos, él me maltrataba, me jalaba los moños, me daba golpes, tenía el temor de que quizás algún día me mataba… pero tuvo un accidente y yo me quedé con mis siete hijos”.  En República Dominicana, durante los primeros seis meses del 2006 la Policía Nacional registra que 43 mujeres han sido asesinadas por sus parejas o ex parejas, siendo ésta una cruda manifestación de violencia  intrafamiliar.

Mientras vivió su compañero, Francisca tenía el constante temor a ser abusada o muerta: “cuando él llegaba después de las doce de la noche y borracho, yo tenía que salir corriendo, saltar por la ventana y quedarme lejos hasta que él se dormía y entonces llamar despacito a los muchachos para que me abrieran la puerta, porque él la cerraba por dentro”.

Pero en esta familia, el maltrato no era exclusivo para Francisca, también los hijos recibían fuertes castigos físicos y verbales de parte de su padre: “también maltrataba mucho a los muchachos, me les daba galletas (bofetadas) que ellos caían, todavía mis hijos no saben leer ni escribir, porque tienen problemas nerviosos y si uno les habla fuerte, se aterrorizan y se ponen violentos.  Aquí en el Centro (OSCUS) me han ayudado mucho con ellos y también me han dicho cómo tengo que tratarlos”.

Un Lugar donde Buscar Apoyo.
Francisca forma parte de las mujeres beneficiarias de los trabajos que realiza la Obra Social Cultural Sopeña –OSCUS-, en el barrio de Buenos Aires de Herrera, justo al lado de la famosa cañada Guaijimía, donde reciben servicios  de consejería y apoyo emocional para fortalecer la familia, apoyo para prevención de la violencia doméstica y el abuso, diversos cursos técnicos para hombres y mujeres, educación a niños y niñas de la zona y alfabetización para adultos, entre otros.

Desde el año 1991, OSCUS recibe apoyo de UNICEF para el fortalecimiento de redes comunitarias de prevención de violencia intrafamiliar. Durante el año 2005, OSCUS ofreció servicios a 4 mil 450 personas en las diferentes áreas, mientras que en la actualidad está atendiendo a unas 100 personas por mes sólo en el área de apoyo emocional, lo que incluye prevención de la violencia y de abuso.

“Aquí en OSCUS me ayudan mucho, porque me dan tranquilidad, también me dan algunas cosas, como ropa.  Le puedo decir que de ellos yo he recibido más que de la familia de mis hijos, porque ni siquiera los papeles del accidente, que yo creí que podría conseguir algo, ni eso me dieron y yo pensé que con eso por lo menos sacaba a mis hijos de la cañada”.   Las mujeres víctimas de violencia doméstica generalmente tratan de ocultar esta situación, a veces por temor a represalias de parte del marido y en otras ocasiones por vergüenza: “Yo tenía uno de los niños en CONANI y me mandaban a buscar para decirme que si al niño o a mi nos maltrataban y yo le decía que no, porque me daba vergüenza y también me daba terror, porque él me decía que yo podía hacer lo que quisiera, que en la Policía no me iban a hacer caso”.
A pesar del temor, Francisca decidió hacer la denuncia de maltrato: “a la Policía yo fui dos veces, ahí al Destacamento del 9 y me decían que porque yo estaba vieja y ya mi marido no me quería yo le tenía despecho.  Ahí nos mandaban para Villa Juana y una sin pasaje ni nada, y eso nos pasa a todas las que vivimos por aquí por Buenos Aires”.

De acuerdo con el testimonio que ofrece Francisca, muchas mujeres de ese sector sufren cada día malos tratos de parte de sus compañeros: “Pero no es sólo lo que me ha pasado a mí, yo veo muchas situaciones así.  Mi hermana, yo quiero que alguien me la ayude, el esposo de ella es muy violento y ahora él se fue de la casa, pero viene a decirle que tiene que vender el ranchito donde viven, porque él quiere su parte, pero ellos tienen cuatro hijos y si vende la casita ¿donde se meten?”.

En República Dominicana, la Ley  24-97 contra la Violencia Intrafamiliar, en su artículo 309-2 establece penas de prisión de 1-5 años y multas de 500 a 5 mil pesos para los casos de violencia doméstica, lo que implica el empleo de la fuerza física, violencia sicológica, verbal, intimidación o persecución dentro del hogar.
Fuente:       http://www.unicef.org/republicadominicana/reallives_4995.htm

Luego de privarla de su libertad, la apuñalo varias veces.

“Él la fue a buscar, la golpeó con un fierro y la subió a su auto.”

NyoZotto

Una mujer fue brutalmente atacada por su ex pareja, con quien tiene un hijo de 8 años, luego de privarla de su libertad.
La denuncia la realizó la madre de la víctima, identificada como Marina Gutiérrez, que contó que su hija fue apuñalada el 2 de enero de este año.
“Él la fue a buscar, la golpeó con un fierro y la subió a su auto. Cuando ella reaccionó, se tiró del auto pero él frenó, la golpeó y la arrastró de los pelos”, relató María Mónica.
Luego agregó que “el hombre llevó a Marina a su casa y siguió golpeandola. La golpeó adelante de toda la familia de él, les pedía un fierro y como no le dieron, buscó un cuchillo y la apuñaló un montón de veces”.La mujer denunció que Marina “hizo un montón de denuncias, pero tiene que pasar por esto para que alguien nos escuche” y acusó a la familia de la ex pareja de su hija de agredirla.
Marina está internada en estado grave en el hospital de Pablo Nogués, mientras que el atacante se encuentra prófugo y su familia quedó al cuidado de su hijo.

Fuente: Claudia contra la Violencia

La historia de María

“Su esposo intentó matarla al tratar de arrojarla por la ventana.”

La historia de María (Refugios para víctimas de violencia doméstica)Cuando María se casó a los 25 años, era joven, feliz y estaba enamorada. Después de 15 años y de haber tenido cuatro hijos, los años de violencia doméstica que tuvo que soportar a manos de su esposo y la familia de éste habían dejado su marca.

Finalmente, decidió abandonar su casa, ya que su vida corría riesgos. Nos contó que su esposo intentó matarla al tratar de “arrojarla por la ventana”. Además, María se convirtió en una persona sin hogar, que vivía en una casa de la comunidad por unos días y después en otra, mientras se escondía de la persona que la golpeaba y de los padres de él. Claramente, María se encontraba en un momento de crisis. Tenía miedo, estaba confundida y angustiada.

Permanecer en un refugio para víctimas de violencia doméstica de Safe Horizon constituyó un período de prueba para ella. María tuvo que acostumbrarse a un entorno completamente diferente. Estaba angustiada porque no sabía a qué escuela irían sus hijos. Había muchos factores que complicaban las cosas en este caso. El idioma era una barrera importante entre el residente y la persona que brinda apoyo. Al principio, tenían dificultades para comunicarse. María tenía un acento fuerte y le resultaba difícil expresar sus pensamientos. No tenía dominio del idioma inglés, pero podía hablar un poco.

Durante su estadía en el refugio para víctimas de violencia doméstica de Safe Horizon, María recibió servicios de asesoría, servicios intensivos de gestión de casos y servicios de apoyo. Además, participó en un taller de 10 semanas de duración sobre formación de padres y en un taller de preparación para la vida laboral y habilidades para vivir de manera independiente. La persona que le brindó apoyo la ayudó a recorrer el sistema de servicios sociales y sirvió de enlace entre ella y los servicios externos.

María consiguió un hogar permanente y estaba emocionada por mudarse a su nuevo apartamento. Ella continúa recibiendo terapia en la clínica. En la actualidad, María tiene una mejor perspectiva sobre su futuro y parece estar muy feliz. Al perecer, tiene más confianza y seguridad. Estaba muy agradecida por todos los servicios que recibió durante su estadía.
Fuente:http://www.safehorizon.org/espanol/maria_story_domestic_violence.php

_____________________________________________

Con ganas de vivir

Su padre abusó de ella y su madre por poco la mata. Aun así, Vicki Mansell pudo encontrar la felicidad.
nyo Zotto

Un soleado día de septiembre de 1988 Dennis Atkinson y su novia ,Judy Williams fueron hasta un cruce de ferrocarril abandonado, no lejos de su casa, en las afueras de Victoria, y luego caminaron hacia los arbustos. Dennis levantó la mirada y vio a una nena chiquita de cabello oscuro saliendo a tropezones de entre los espinosos arbustos, cubierta de arañazos y aturdida.
Pensó que tendría unos cinco años, la misma edad que su hija, nacida de su primer matrimonio.

Le preguntaron: —¿Dónde está tu mamá o tu papá?

La niña tomó suavemente la mano extendida de Dennis y la apretó. A él le dio la impresión de que estaba borracha, y tenía olor a nafta ¿Acaso había logrado escaparse de un accidente en la cercana Autopista Transcanadiense? Aparentemente, había sufrido sólo los rasguños y algunas quemaduras leves cerca de la muñeca.

—¿Cómo te llamas? —le preguntó la pareja.
—Vicki Mansell —contestó la niña, casi arrastrando las palabras.

Su nombre pronto aparecería en todos los diarios del país, junto con una historia horrenda.

Vicki, de cinco años, había salido de día de campo con su madre y sus dos hermanos menores, Norman, de tres años, y Adam, de dos. Su madre, Ethel Mansell, de 35, los drogó con sedantes, se empapó ella misma y a sus hijos con nafta y luego les prendió fuego a todos. Adam murió en el lugar; Ethel y Norman perecieron tres días después en un hospital, y Vicki sobrevivió milagrosamente.

La tragedia estremeció al país a medida que la investigación policial fue dando a conocer los detalles. Después Vicki desapareció en el anonimato del sistema de protección de menores de Columbia Británica.

Actualmente Vicky tiene 26 años. Se presentó ante los medios informativos después de cumplir los 25, cuando le entregaron un pequeño fondo en fideicomiso, reunido con donativos públicos, junto con tarjetas, cartas y oraciones de personas conmovidas por su historia. “Quería agradecer a la gente por su apoyo y sus plegarias, y decirle a todo el mundo que estaba bien”, cuenta.

Ahora trabaja para una organización de beneficencia que ofrece servicios a niños y familias de bajos recursos. Y tiene un nombre nuevo: se lo cambiaron oficialmente cuando tenía ocho años y fue adoptada por una familia, y de nuevo en 2008, cuando tomó el apellido de su esposo en una boda celebrada en una playa mexicana.

Vicki aún recuerda aquel día aciago, 5 de septiembre de 1988. Recuerda haber perseguido libélulas en un claro cubierto de hierba, haber comido con su familia en el campo… y después, el calor del fuego que la hizo huir. Se zambulló en un estanque o arroyo, y luego corrió entre los arbustos hasta toparse con Dennis y Judy. Recuerda haber viajado en el auto de la pareja, aferrada a Judy, y que en algún momento le dijo: “Mi mami ya no me quiere ¿Me quieres tú?”

De vuelta en la casa, Judy se quedó sentada en el jardín, con la nena a upa, mientras Dennis llamaba al servicio de emergencias. Un policía llegó al poco tiempo y los llevó al hospital. Vicki iba sentada entre la pareja en el asiento trasero del auto patrulla, y durante el trayecto pasaron por el lugar del incendio. Allí, Dennis vio a un grupo de bomberos, con todo el equipo puesto, llorando.

La pareja se quedó al lado de la niña esa noche en el hospital. Como Vicki no quería que el personal de urgencias se acercara a ella, Dennis y Judy se ocuparon de los auxilios. Bajo la cuidadosa supervisión de un médico, la desvistieron, la bañaron con esponja para sacarle los residuos de combustible, le colocaron parches de monitoreo conectados a varios aparatos y la vistieron con una bata de hospital. Y la acompañaron mientras el agente investigador de la Real Policía Montada de Canadá, Bruce Brown, la interrogaba con delicadeza. Estuvieron con ella hasta las 10 de la noche, cuando se durmió y por fin soltó la mano de Judy.

Durante los dos meses siguientes, la nena se quedó en casa de su médico familiar. Llegaron decenas de solicitudes de personas que querían adoptarla o cuidarla temporalmente en sus hogares. Algunas le enviaron animales de peluche y otros regalos.

Cuando Ron y Cathy Regan se enteraron del caso de Vicki, se pusieron en contacto con su trabajadora social, Louise Reimer, y le dijeron que deseaban hacerse cargo de ella. Los Regan eran bien conocidos como padres de crianza dentro del sistema de protección de menores de Columbia Británica. Ron trabajaba como agente inmobiliario y había sido propietario de dos restaurantes Burger King, y Cathy era ama de casa. En aquel tiempo los Regan eran padres de 10 chicos: tres hijos biológicos y siete adoptivos. También eran padres de crianza “de emergencia”, y a menudo acogían a niños en la mitad de la noche, con menos de una hora de aviso. Las autoridades sabían que la pareja podía ofrecerle a Vicki la familia cálida y amorosa que necesitaba.

A principios de noviembre de 1988, Vicki llegó a vivir a la casa de los Regan, en una colina cercana a Victoria. Una de las nenas, apenas un año mayor que Vicki, se acercó a ella.

—Hola, me llamo Lindsay —se presentó—. ¿Quieres jugar?

Vicki estaba fascinada. No sólo se sintió bienvenida, sino que la casa, de nueve dormitorios, tenía piscina en el jardín trasero, una cama elástica, hamacas y un arenero; además, el sótano era una sala de juegos llena de juguetes. También había bicicletas y patines, y una cancha de tenis barrial, calle arriba.

Era un lugar de abrazos efusivos en el que se seguía una rutina tranquilizadora: todos se sentaban a cenar a las 5 de la tarde, iban a la iglesia los domingos por la mañana y cada uno tenía sus tareas regulares.

Durante los primeros seis meses de su nueva vida con los Regan, Vicki asistió a sesiones de terapia con un psicólogo infantil, pero no guarda ningún recuerdo de eso. Sólo sabe que el psicólogo le dijo que era una sobreviviente y que estaría bien. Lo que sí recuerda con claridad es que le encantaba explorar el laberíntico bosque que rodeaba la casa de los Regan, treparse a los árboles, buscar serpientes debajo de las rocas y jugar a que era un hada del bosque.

También le fascinaban los cuentos. Al principio, Cathy se los leía frecuentemente; luego, cuando Vicki aprendió a leer, lo que más disfrutaba era acomodarse en un rincón tranquilo de la casa y devorar libros.

Los Regan adoptaron a Vicki cuando cumplió ocho años, y hasta principios de la adolescencia ella rara vez pensó en su familia biológica o en los trágicos incidentes de septiembre de 1988. Sin embargo, a los 15 años de edad se volvió más curiosa. La trabajadora social contestaba sus preguntas poco a poco, pero jamás le reveló más de lo que la chica quería saber.

Por fin, cuando Vicki cursaba el último año de bachillerato, Ron la llevó a la biblioteca pública de Victoria y juntos revisaron las microfichas en busca de información sobre aquel terrible día de la vida de Vicki. Esta lloró al leer, horrorizada, que su madre les había prendido fuego a ella y a sus hermanitos. Tenía recuerdos de los ultrajes de su padre, un pederasta que fue enviado a la cárcel por abusar sexualmente de Vicki y de otros niños del barrio; aquel lejano día de septiembre de 1988, estaba cumpliendo el primer año de una condena de cinco por sus delitos; sin embargo, en la mente de Vicki, el fuego lo inició él de alguna manera. (Incluso hoy día le tiene miedo. En este artículo usamos su nombre anterior, Vicki Mansell, porque aún teme que su padre pudiera encontrarla, si es que todavía vive.)

En la biblioteca, Vicki se enteró también de los sentimientos de culpa e impotencia que embargaron a su madre por no haber descubierto a tiempo las atrocidades del pederasta. Al leer que su madre los había drogado con sedantes a ella y a sus hermanos, Vicki sintió un poco de paz. “A su manera, trató de protegernos”, comenta.

Vicki se comunicó con el agente Bruce Brown, y se sintió sumamente conmovida cuando este le contó que, en la noche del día de la tragedia, había visitado el departamento donde Ethel Mansell vivía con sus tres hijos. El departamento estaba en el sótano de un edificio, y Brown lo encontró limpio y ordenado. Había ropa recién lavada, apilada y cuidadosamente doblada, y una heladera llena de alimentos nutritivos. Era la prueba de que aquella mujer había intentado ser una buena madre lo mejor que sabía.

En el otoño de 2000, Vicki ingresó al Canadian University College (CUC), escuela cristiana con sede en Alberta. Allí, en un curso introductorio de Psicología, escuchó al profesor hablar de la importancia de las experiencias positivas en los primeros años de la infancia, y sobre la influencia de lo innato y lo aprendido en el crecimiento y desarrollo de los niños. Vicky pensó que, por su historial familiar, no debería tener hijos propios.

Cuando su mejor amiga, Jennifer Hanson, murió en un accidente automovilístico varios años después, la pena de perder a su confidente más íntima hizo que reviviera el dolor de su pasado. Sin embargo, superó el trance con la ayuda de Roberto Rees [se cambió el nombre para proteger la identidad de Vicki], a quien conoció en el CUC. Al igual que ella, Roberto tenía un pasado trágico. Cuando tenía tres años de edad su padre fue asesinado, y a los 17 vio morir de cáncer a su madre.

La relación entre Roberto y Vicki floreció poco a poco, basada en la amistad y en muchas conversaciones. Les encantaba estar juntos, y compartían ideales y una profunda fe cristiana. Cuando él le propuso matrimonio, Vicki no dudó en aceptar.

Hoy día, con la seguridad que le da su amor por Roberto y por su familia adoptiva, Vicki se siente estable y confiada en que algún día podrá ser una buena madre. “Soy una sobreviviente”, dice. “No me define mi pasado”.
Algunas personas de su edad quieren tener fama o lograr cosas extraordinarias, pero Vicky afirma que lo único que desea es tener una familia y un hogar felices. “Ya me han ocurrido suficientes cosas extraordinarias en la vida”, señala. “Ahora me conformo con las comunes”.

Fuente:http://ar.selecciones.com/contenido/a917_Con%2Bganas%2Bde%2Bvivir

________________________________________________________________________________________________________

Condenado a 14 años por matar a su mujer y dejar el cadáver en un bosque

El acusado mató a puñaladas a su mujer y mientras discutían por una infidelidad, según la sentencia.

La Audiencia de Barcelona ha condenado a 14 años de cárcel a un hombre que mató a puñaladas a su mujer y abandonó el cadáver en un bosque del término municipal de Castellbisbal (Barcelona), donde lo encontraron casi tres meses después.

Según la sentencia, Ricardo F. agredió el 14 de mayo de 2011 a su mujer mientras discutían por una presunta infidelidad y le clavó un cuchillo en el cuello, lo que le provocó la muerte por shock hipovolémico. (a menudo llamado shock hemorrágico, la pérdida severa de sangre y líquido hace que el corazón sea incapaz de bombear suficiente sangre al cuerpo. Este tipo de shock puede hacer que muchos órganos dejen de funcionar)

Acto seguido, introdujo el cadáver en el coche y lo dejó en una zona boscosa de Castellbisbal, donde los Mossos d’Esquadra lo encontraron el 5 de agosto de 2011, casi tres meses después de que el hermano y el hijo de la víctima denunciaran su desaparición, y en estado de descomposición.

Para el tribunal, “de la acción se infiere inequívocamente el ánimo homicida”, ya que Ricardo F. le clavó el cuchillo a su mujer en el cuello después de pegarla y maltratarla en la casa donde vivían de la calle Serralada de Sabadell (Barcelona).

También lo acredita la “presencia abundante de sangre” de la víctima en el dormitorio del matrimonio, en el que no hubo nadie más que ella y el condenado durante ese día, y la presencia de muestras biológicas de la víctima en el interior del maletero del coche.

Peritos de los Mossos también acreditaron en el juicio que se celebró con jurado popular que Ricardo F. estuvo en el lugar donde se encontró la víctima a través del análisis de los recorridos de los móviles que permite la prueba de telecomunicaciones.

En la sentencia, el tribunal también pide que el condenado indemnice con 200.000 euros al hijo de ambos, y con 90.000 más al hermano.

Fuente: El Pais Cataluna
Barcelona 29 OCT 2013 – 16:50 CET

_________________________________________________________________________________________________________

Víctimas del machismo a los 15

 

El novio de Alicia le rompió una pierna a patadas. Estuvo con él de los 14 a los 19.

Laura fue maltratada por su novio cuando tenía 15 años. Terminó con la relación cuando los padres de él se enteraron, pero hasta hace poco acarreó secuelas. / SAMUEL SÁNCHEZ
Laura fue maltratada por su novio cuando tenía 15 años. Terminó con la relación cuando los padres de él se enteraron, pero hasta hace poco acarreó secuelas. / SAMUEL SÁNCHEZ
 

“¿Si me acuerdo de la primera vez?”. Cristina entorna los ojos. Aún medio cerrados siguen siendo grandes, marrones y brillantes. “No sé… Empezó poco a poco. Tirones de pelo alguna vez, empujones… Una tarde que estábamos en un parque se enfadó y empezó a pegarme puñetazos en los brazos y en la tripa. Luego se puso a llorar. Me asusté tanto… Y me sentí tan mal por verle así que…”, relata. El día de esa agresión Cristina, que hoy acaba de cumplir la mayoría de edad, tenía 15 años y llevaba seis meses saliendo con ese chico, de 16. Cuenta que al principio todo era “mágico”. Que el resto del mundo no existía para ellos. Pero gesto a gesto él la absorbió. Y la anuló mucho antes de levantarle la mano. Poco después, en una fiesta, una amiga vio como él le agarraba del pelo y le gritaba. “Estaba histérico y mi amiga se asustó. Me dijo que el tío era un bestia y que tenía que dejarle. En verdad no era nada comparado con otras veces y algo le conté; pero nunca hablamos de maltrato. Para mí, lo mío era otra cosa. Violencia de género es lo que les pasa a las mujeres mayores, casadas, adultas. Así pensaba yo”, dice con una sonrisa cansada.

Le costó entender que no. Que había muchas historias similares a la suya. En un año, de 2011 a 2012, los procesos judiciales por violencia machista en adolescentes se han incrementado un 30%. Han pasado de 473 a 632, según la Memoria de la Fiscalía General del Estado de 2013. Son los primeros datos claros y tangibles de este delito en menores —antes de esas fechas se recogían como violencia intrafamiliar—. Aunque los expertos avisan de que la cifra es solo una migaja de realidad, la que llega a los tribunales. Muchas familias no denuncian lo que les ocurre a las chicas. Otras no llegan a identificar la situación de maltrato.

Como A., de 14 años, que hace diez días fue asesinada a puñaladas por su exnovio, de 18 años, en su casa de Tàrrega (Cataluña). Ni la adolescente ni su familia habían denunciado al joven que terminó con su vida. La chica, que había roto con él hacía dos semanas, es la víctima mortal más joven de la violencia de género de este año, en el que los asesinos machistas han segado la vida de 39 mujeres. Desde que se empezaron a contabilizar las víctimas mortales del sexismo, en 2004, se han registrado dos casos en menores. El de A. y el de Almudena, que murió hace justo un año en El Salobral (Albacete) asesinada a tiros por el hombre de 40 con el que mantuvo una relación.

Son dos muestras extremas. Pero psicólogos, educadores y juristas resaltan que se están detectando, y produciendo, comportamientos y agresiones machistas a edades cada vez más tempranas. “En los jóvenes se reproducen roles que creíamos superados. Patrones en los que el chico es el dominante y ejerce esa dominación a través del control, y la chica adopta una actitud sumisa o complaciente”, describe Susana Martínez, presidenta de la Comisión de Estudio de Malos Tratos a Mujeres. Muchas de esas relaciones siguen basándose en el esquema tradicional del amor romántico en el que el hombre es fuerte y la mujer débil, dependiente, necesitada de protección. “Como en el cuento de la princesa que necesita que el príncipe la salve. Esas pautas, llevadas al extremo, pueden derivar en conductas violentas; pero aunque no lleguen a ello, esas relaciones están impidiendo que las chicas se desarrollen como agentes activos de la sociedad”, apunta Ana Bella Hernández, que preside una fundación de mujeres supervivientes a la violencia de género que lleva su nombre.

Alicia se adentró en ese cuento de princesas cuando tenía 14 años y empezó a salir con su primer novio, de 16. Recuerda que se sentía enamorada hasta el tuétano y que, aunque casi desde el principio él tenía enormes arrebatos de celos no lo vio mal. “Me sentía incluso halagada. Lo tomaba como si fuera mi caballero andante que estaba celoso porque me quería mucho”, cuenta. Esta joven rubia, de ojos ambarinos y gesto risueño prefiere no dar su nombre real. Cuenta que por aquel entonces su vida era él. Se escapaba de casa para verle, faltaba a clase. Con las semanas y los meses esos arrebatos de celos que acababan en discusiones e insultos dieron paso a los empujones, los escupitajos. También a la violencia sexual, muchas veces invisible en las estadísticas o en los estudios.

Estuvieron juntos hasta que ella cumplió 19. Ahora tiene 24. “Los episodios de violencia se sucedían. Pero ocurría, él me pedía perdón y yo le disculpaba… Incluso me llegaba a sentir culpable por haberle provocado, por haber hecho que se alterara de esa forma… Yo le amaba… O al menos eso creía”, cuenta Alicia. Una noche, a la salida de una discoteca, él le dio una paliza. La emprendió a patadas con la chica, le rompió una pierna y le provocó una lesión en el cuello. “Una amiga me llevó al hospital, me escayolaron y me tuvieron que poner un collarín”, relata. Cuando llegó a casa y le contó a su madre la verdad, la mujer sufrió una conmoción. No sabía nada.

“Él era mi vida y al inicio pensé que los celos probaban su amor”, cuenta Alicia

La espiral de violencia había ido devorando a Alicia, poco a poco, sin que se diera cuenta. El entorno social y los propios jóvenes aún justifican determinadas actitudes sexistas. Como que los celos son una expresión del amor. Una afirmación con la que están de acuerdo el 33,5% de los chicos y el 29,3% de las menores. O que para tener una buena relación de pareja es deseable que la mujer evite llevar la contraria al hombre, como piensan el 12,2% de ellos y el 5,8% de ellas, según un estudio de 2010 sobre violencia de género en adolescentes encargado por el anterior Gobierno socialista.

Ese documento, elaborado por investigadores de la Universidad Complutense se podrá comparar con el estudio que publicará en las próximas semanas el Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad. El nuevo informe, que se basa en las conclusiones de las entrevistas a 8.000 jóvenes, y que aún está en proceso de análisis, confirma que los adolescentes inician las relaciones sentimentales cada vez antes —la edad media está en 13 años— y que son muy permeables a los estereotipos machistas que ven en casa, pero también a través del cine, la televisión, la música, la literatura…

Esos noviazgos tempranos no tienen por qué ser nocivos, explica Virginia Sánchez, profesora de Psicología Evolutiva de la Universidad de Sevilla. Tampoco conducir a situaciones violentas. Es positivo que los menores amplíen sus relaciones afectivas a través de esos vínculos, cree. Siempre y cuando la relación sea equilibrada en edad y basada en el respeto. Sin embargo, reconoce Sánchez, las relaciones entre los menores son cada vez más agresivas. Hay mucha violencia verbal mutua que, si no se ataja, puede derivar en comportamientos más graves cuando se establecen los patrones de dominio y sumisión”, abunda. Porque esos patrones son importantes en una etapa en la que los menores están aprendiendo a resolver los conflictos.

Expertos como Sánchez y psicólogas como Olga Barroso, de la Fundación Luz Casanova —que tiene un programa para adolescentes que han sufrido violencia de género— remarcan que las nuevas tecnologías facilitan el contacto entre los menores pero también se emplean como mecanismos de control. “El WhatsApp, los mensajes, las redes sociales se usan para saber en todo momento dónde está el otro y su actitud. Después, cuando la relación se rompe también se emplean como instrumento de acoso”, destaca la presidenta de la Comisión de Estudio de Malos Tratos, que insiste en que bien usadas, esas herramientas pueden ser positivas.

María supo lo que le ocurría a su hija cuando vio sangre tras una agresión

Barroso explica que a esa edad los menores tienen aún difusa la idea de lo que es control y lo que es interés o preocupación. “La línea es fina y las situaciones muy sutiles. Por ejemplo, ¿es normal si tu novio te pide que le llames desde el teléfono fijo de tu casa para saber que has llegado bien y quedarse tranquilo? ¿O si te dice que le mandes un localizador cada vez que sales para ver donde estás o te pide que le enseñes el móvil para ver con quien te escribes?”, dice.

Para ellos eso son “pruebas de amor”, dice la educadora Nieves Salobral. Y, actualmente, el máximo de esos gestos es dar al otro la contraseña de acceso al correo electrónico, las redes sociales. Ceder la intimidad. Y eso es símbolo de amor. Porque, como explica Ana, una de las chicas asistida por Barroso, aman a su pareja. “Quizá sepas que no está bien, que los insultos o las agresiones no son lo correcto pero es tu novio, le justificas y no quieres verle mal. Solo deseas ayudarle para que deje de ocurrir…”, dice.

Pero sigue ocurriendo. Y muchas menores, como al principio hizo Cris, se niegan a cortar con la relación, y la mantienen a pesar de la oposición de sus amigos o familias. María B. cuenta con un hilo de voz que ha detectado que su hija, Gema, sigue en contacto con el chico con el que salía hasta hace unos meses. La chica, de 16 años, recibe ayuda psicológica desde que su familia detectó que sufría malos tratos por parte de su novio, el chico que hasta entonces les parecía modélico y con el que estaba desde los 14. “Al principio, cuando empezaron a salir me pareció hasta bien. El chico era muy educado, yo conocía a los padres…”, recuerda. Sin embargo, cuenta que llevaba un tiempo algo escamada porque percibía que Gema había dejado de salir con sus amigas, que discutía mucho con su novio. “Casi siempre por celos de él, aunque luego siempre lo arreglaban”, explica. Una noche, en plenas fiestas del pueblo, notó al llegar a casa que Gema tenía sangre en la ropa. Estaba muy nerviosa. Parecía que había discutido con el chico y que él se había ido. “Yo sabía que algo había pasado pero mi hija solo me repetía que había que localizarle, que tenía miedo de que le hubiera pasado algo”. Le llamó al móvil. Le preguntó y el adolescente reconoció que había pegado a Gema.

El mundo de María se derrumbó. No sabía qué hacer ni a quién recurrir. Habló con los padres del chico y buscó ayuda para su hija. “No lo denuncié porque los dos son menores y la familia de él se ha involucrado, pero llegué a plantearme si estaba exagerando. Si no sería solo cosa de chiquillos… Pero no. Y me alegró de haber actuado”, dice. A pesar de todo, admite entre sollozos que se siente culpable por no haberlo sabido antes. Por haber acogido al chico en su casa. Por no haber advertido más a su hija la primera vez que ella le mencionó el asunto de los celos.

Gema está ahora recibiendo el tratamiento que a Laura (nombre supuesto) le costó años solicitar. Ayuda y apoyo sin los cuales, aunque la relación de violencia haya acabado, la pauta puede repetirse con otras parejas. Laura sufrió malos tratos por parte de su novio a los 15 años, pero hasta los 20 no fue consciente del lastre que acarreaba. Una mochila de sumisión que, sin llegar a las agresiones, la llevaba a escoger a chicos autoritarios y dominantes. También la situación que vivía en casa, donde también sufría abusos, jugó un importante papel. “Eso me empujó a los brazos de ese chico que yo veía como mi protector. Al principio me sentía genial, después…”, cuenta. Después, siguiendo el patrón de la mayoría de casos de violencia de género, llegaron los golpes.

En el caso de Laura fueron los padres de él quienes abrieron los ojos. “Un día que había consumido droga me pegó delante de ellos. Se montó una pelea tan tremenda que él llegó a pegar a sus padres”, relata Laura. La chica les contó entonces lo que ocurría y ellos la animaron a denunciar. No lo hizo por miedo a su propia familia. Sin embargo, los padres del chico sí le denunciaron por agresión hacia ellos. Y eso destapó que el joven tenía otras causas pendientes de robo con violencia. Fue condenado a dos años de cárcel. Laura no le volvió a ver. Ahora se dedica a la formación de profesionales sanitarios. Además, como Alicia, aún acude a los grupos de terapia para jóvenes, a las que explica su historia. “A esa edad no te identificas como víctima de maltrato”, dice Alicia. Y si lo haces, cree Ana, cuesta dar el paso y contarlo: “No quieres que a él le pase nada y tampoco quieres que tu familia sufra. Es complicado”.

Eso fue lo que le ocurrió a ella, hasta que él la agredió en plena calle. Insiste en que tenía toda la información, la ayuda y la confianza de sus padres. Alicia y Laura, sin embargo, creen que su historia sí se hubiera evitado con prevención. Una opinión similar a la de los expertos, que alertan de que falta educación afectiva y en igualdad en los colegios. También más implicación social de las familias. En definitiva, conocimiento para derribar los comportamientos y actitudes sexistas que se perpetúan en el siglo XXI, para desechar la idea de que los celos son el no va más del amor. Para aprender a identificar esos primeros signos que conducen a la espiral de la violencia machista.

Sin principes azules, por favor

Bella, de la saga Crepúsculo, dio hasta su vida por amor y dejó de ser humana por su Edward, un vampiro. Aurora, la bella durmiente de Disney, se salvó del sueño eterno con un beso de amor del príncipe azul. Su salvador. “Hay muchos esquemas de dominación y sumisión por derribar. Mitos del amor romántico que ofrecen a los jóvenes la idea de que hay que darlo todo por la otra persona. Eso les lleva a inmolarse y ceder ante la subjetividad del otro”, explica la educadora Nieves Salobral. Da talleres en institutos de Madrid en los que analiza películas y canciones para identificar estereotipos sexistas.

Salobral cuenta que los menores, aunque se saben la teoría y conocen el fenómeno de la violencia de género, suelen identificarla solo cuando es física. Para atajar el problema, dicen los expertos, la prevención es clave. Inmaculada Montalbán, presidenta del Observatorio de Violencia de Género del Consejo General del Poder Judicial, insiste en que solo a través de la educación de los más jóvenes se puede interrumpir la asunción de comportamientos machistas y romper la cadena de violencia.

Jesús Casas, subdirector del Instituto de la Mujer, asegura que el Gobierno avanza hacia ese modelo. “Es fundamental la educación en igualdad de toda la sociedad, pero más de las personas que aún se están formando”, dice. Y en esa línea va el programa Plurales —iniciado recientemente—, que busca analizar los comportamientos de la comunidad educativa para destacar e implantar un catálogo de buenas prácticas. También, enumera, el Gobierno ha aprobado un nuevo título superior, el de técnico Superior en Promoción de Igualdad de Género. Elementos positivos para Montalbán que, sin embargo, se muestra preocupada por la desaparición, con la ley Wert, de Educación par la Ciudadanía, asignatura en la que estos valores tenían un peso específico.

 

Fuente:María R. Sahuquillo Madrid 19 OCT 2013 – 20:08 CET

Nyo Zotto

View posts by Nyo Zotto
Escritora/Poeta

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *

Scroll to top